Volumen 14 N° 1
Año 2019


Rev. Obstet. Ginecol.- Hosp. Santiago Oriente Dr. Luis Tisné Brousse. 2019; 14(1): 5-7
Editorial

El mito del peso del alma

José Lattus O.1
1Editor jefe.

Alma, no me digas nada,

que para tu voz dormida

ya está mi puerta cerrada.


Juan Guzmán Cruchaga

 

 

Abstracta, invisible, volátil, de significación religiosa y con un sentido filosófico, éstos son sólo cinco acepciones con las que se suele definir al alma. Según Descartes, el alma representa nuestra identidad, nuestras emociones, nuestra inteligencia y espiritualidad. El Premio Nobel Francis Crick, llegó a la conclusión que el alma existe y “está situada en la marea de neurotransmisores y los recovecos de las estructuras cerebrales”, éste Nobel, además de obtener dicho premio por su esmero en definir la estructura tridimensional del ADN, pasó 50 años buscando el origen de este “objeto inanimado”. En una de sus investigaciones del año 2005, rebatió su teoría anterior y aseguró que en realidad los 21 gramos perdidos pertenecían exactamente a un proceso cerebral y no del alma. A ello, añadió que “la actividad neuronal generaba un campo eléctrico provocando que el cuerpo pesara más”. Por lo tanto, cuando alguien fallecía, esta actividad neuronal se detenía y el peso disminuía. 

 

Evidentemente se trata de una teoría avalada mayoritariamente por aquellas personas, colectivo y religiones que defienden que todo ser humano está constituido por un cuerpo y una esencia inmortal (llamada alma o espíritu) y que ésta se separa del organismo anatómico una vez llegada la muerte del individuo.

 

A pesar de tratarse de un supuesto pseudocientífico ampliamente refutado, éste es uno de los mitos en los que más personas creen en él, existiendo la errónea convicción de que el alma pesa 21 gramos. De hecho está tan incorporada en la cultura popular que incluso se filmó una película en el año 2003 que llevaba por título ’21 gramos’ y que fue dirigida por Alejandro González Iñárritu.

 

Para encontrar de dónde surge este mito hemos de trasladarnos hasta principios del siglo XX, época en la que el médico estadounidense Duncan MacDougall, doctor en biología, realizó una serie de experimentos con seis personas moribundas a las que pesó e inmediatamente después del fallecimiento de éstas y anotó lo que pesaban antes y posterior a su muerte .

 

Con todo lo anotado hizo una sencilla operación matemática con la que le salió la media de 21 gramos (se supone que no todos los fallecidos dieron el mismo resultado).

 

Una vez determinado que cada persona perdía como media esa cantidad de gramos, el siguiente paso era averiguar cuál era la causa, a lo que el doctor MacDougall en lugar de buscar respuestas científicas y pruebas que demostrasen que podía ser debido a la pérdida de fluidos corporales, incluso del aire o gases contenido en el organismo una vez exhalado, prefirió tirar por el camino de la creencia religiosa y avalar la teoría de que los seres humanos poseemos alma.

 

Cabe destacar que finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX fue una época en la que tuvo una gran influencia el espiritismo y todo lo relacionado con los temas paranormales sobre almas, muerte y el más allá.

 

El doctor MacDougall dio a conocer sus conclusiones a través de un comunicado a la prensa a principios de 1907, por lo que The New York Times publicó un artículo titulado “Soul has weight, physician thinks” (El alma tiene peso, piensa el facultativo) el 11 de marzo de aquel mismo año, haciéndose eco del “descubrimiento” del médico. El 11 de mayo en el ‘Journal of the American Society for Psychical Research’ (publicación de la organización de parapsicología de la que formaba parte MacDougall) publicó el artículo firmado por el propio médico: “Hypothesis concerning soul substance together with experimental evidence of the existence of such substance” (Hipótesis relativa a la sustancia del alma junto con evidencia experimental de la existencia de tal sustancia).

 

Desde entonces, y gracias a la gran influencia que tuvo este tipo de temas en la sociedad, se ha tenido la convicción en ciertos sectores de que el alma pesa exactamente 21 gramos.

 

Como nota curiosa cabe destacar que el propio MacDougall hizo el experimento con quince perros, a los que pesó antes y después de morir, no dándole apenas variación en el peso, por lo que determinó que los perros no tenían alma, otro de los mitos también ampliamente difundido y rebatido en su día por el también médico Augustus P. Clarke, quien apuntó que las conclusiones de su colega eran erróneas debido a que en el momento de la muerte se produce un repentino incremento de la temperatura corporal a causa de que los pulmones dejan de enfriar la sangre y que el consecuente incremento de la sudoración podría explicar fácilmente los 21 gramos de menos defendido por MacDougall, además de que hay que tener en cuenta que los perros carecen de glándulas sudoríparas por lo que no es de extrañar que el peso de estos animales no sufriera ningún cambio súbito en el momento de morir.

 

Debemos aceptar que si hablamos de este tema, en algún sitio de nuestro entorno, se reúnen la fe y la ciencia, aunque solo sea en las crónicas de Edmundo Moure, quien como escritor chileno, ex presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), lector y tenedor de libros, además corrector gramatical y de estilo, ha escarbado en los anales de la historia que encierra este tema apasionante del alma y ha escrito: “Quienes no recibieron la manifestación de la gracia divina no ignoran que la vida espiritual existe. Lo que está es discusión es El peso del alma...

 

Nuestros actuales modos de vida, dejan entre su intrincado caminar, vacíos y deformaciones existentes, que tienen que ver con nuestra conducta, el aquí y el ahora de la realidad en que nos desenvolvemos es solo una instantánea de ella. Muchas veces nos manifiestan u observamos en los otros, una mirada desprovista de empatía y sin compromiso con el mundo humano, habitualmente porque somos incapaces de ver todo lo que acontece a nuestro alrededor. Dicen que el alma pesa veintiún gramos. Según rigurosos y repetidos experimentos de pesaje –notarios mediante–, hechos por el doctor estadounidense Douglas MacDougall, los muertos pesan una cantidad determinada cuando están en trance de pasar a la otra orilla, y, segundos después del fin, su peso es veintiún gramos menor. Esta cifra es única para todos: flacos, gordos, viejos, jóvenes, mujeres y hombres, niños, niñas y recién nacidos que no se aferraron a la vida... No varía en ningún caso, según el científico de marras –escocés de ascendencia, lo que le hace sospechoso de delirio mítico– y otros colegas que le han secundado en su labor empírica.

 

Esto de que el alma tenga peso específico es, ciertamente, revolucionario. Ya no se trataría de especulaciones sobrenaturales, sino de pruebas científicas irrefutables, algo más trascendental aún que la curvatura de la luz, cuya leve masa es atraída por la fuerza de la gravedad, según demostró Albert Einstein. El sabio hebreo-alemán era creyente, aunque no profesara una determinada religión, pero, al parecer, la probabilidad del peso real del alma no estuvo en sus lucubraciones físico-matemáticas. Si le asignamos este peso al alma, veintiún gramos, que desaparecen en el finado u occiso, se abre una nueva interrogante: ¿por dónde escapa el alma? Quizá a través del “hálito del último suspiro”, según inmejorable expresión romántica. Podría ser por otros procesos expelentes, que suelen acompañar al último estertor, lo que nos llevaría a colegir que el alma sale del cuerpo, o le abandona, o le huye, por otros vericuetos menos pudorosos y líricos. La cuestión, un tanto enojosa, no ha sido resuelta por el doctor Douglas.

 

Otra pregunta, mucho más difícil de responder, es ¿a dónde va el alma? En este dilema, las hipótesis son numerosas. Unos afirman que vuela hacia el Cielo, para morar eternamente con los justos, a la vera del Altísimo; otros, que se funde en el Uno universal; ciertos fundamentalistas rigurosos, aseveran que cae a las profundidades del averno, para quemarse en el fuego eterno, aunque nadie ha probado aún que el alma sea comburente ni menos combustible; esto último provocaría impensables estallidos en el Hades. También cabe preguntarse si los desalmados carecen del tesoro leve de esos veintiún gramos, y pesan igual, vivos o muertos.

 

Con este notable hallazgo de míster Douglas, también pudiera complicarse la cuestión fáustica, es decir el propósito y posibilidad de algunos para venderle el alma al Diablo. Si se trata de un guarismo determinado y preciso, aquellos gramos de inmortalidad tendrán un valor transable base en los mercados bursátiles del alma y pudieran ser negociados en Wall Street, como cualquier acción, bono o debenture atractivo para inversores. Imaginemos a un jeque árabe, que al adquirir un famoso equipo de fútbol, como el Manchester City, por ejemplo, haga suyas las almas de los jugadores, con lo que el valor de las transferencias alcanzaría límites inimaginables.

 

Estas lucubraciones, nacidas en la “loca de la casa”, como se ha llamado a la imaginación –en este caso exacerbada por el raro efecto de la pretensión pragmática de sopesar el alma–, pueden llevarnos al desvarío, a trastornos psíquicos y emocionales agudos, como el que padeciera el Señor de la Mancha, Ingenioso Hidalgo o Caballero de los Leones.

 

Según los románticos, y otros ismos aún más lejanos en el tiempo que ellos, el amor y otros sentimientos tenían su morada en el corazón. Los científicos nos enseñaron después que aquella casa ilusoria no es otra cosa que el cerebro y sus enrevesadas circunvoluciones. Ciertos testimonios de individuos que estuvieron bajo “muerte cerebral” y regresaron de ese estado, probarían que ni el corazón ni el cerebro son receptáculos de la conciencia, sino que ella habita en el alma y puede mirar y contemplar todo más allá de la muerte. Especulaciones, eso sí, que no constituyen respuesta cabal ni satisfacen a escépticos, agnósticos, ateos o crédulos.

 

Para la Fe, esa gracia que, por ahora, no ha sido pesada en balanza alguna, el alma es atributo divino que nos asegura la inmortalidad, la trascendencia escatológica, como vencedores de la muerte física. Es el don de los creyentes, tan admirable para mí porque no me fue otorgado. Mas si me diesen a optar, entre el cientificismo a ultranza del doctor Douglas y el arrebato místico de Teresa de Ahumada o la santa poeta de Ávila, me quedo con este último anhelo, más por elección estética que otra cosa. Después de todo, tal vez Dios sea un Poeta que versifica el Cosmos con las sílabas de las almas, sin peso ni volumen, porque Él escribirá –digo yo– en una dimensión ajena por completo al espacio-tiempo y a otras estériles mediciones de la patética orfandad humana.

 

 

José Lattus Olmos

Jefe Editor 

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